jueves, julio 26, 2012

Lilith

En el silencio los murmullos de su alma iban amplificándose, hasta que en un desbordado sollozo una lagrima se aproximó destellando con la poca luz que iba quedando. Era pronta al alba, pero antes los minutos más oscuros de la noche, tenía que encontrar aquellas palabras perdidas entre medio del discurso dolido. Se iba a marchar, el hombre que en ese entonces dormía, la había golpeado el día anterior. Pero no era su pulso sobre su cuerpo lo que la llevaba a apartarse de tal manera, sino, el goce que había tenido, haberse conocido de tal manera, haber pedido de rodillas un golpe más. Se sentía sucia, su moral no la dejaba tranquila, debía dejar aquello que consideraba que era amor.
Los bolsos estaban listos, la luna silenciosa y la madera crujía como cualquier otro día. No obstante, no había notado que en el entretanto que preparaba sus cosas, este la había observado. Abrió la puerta, se dio media vuelta para recoger cada equipaje, cuando desprovista miró la cornea nacarada del semblante que se ocultaba en la sombra de la habitación.
-No prendas la luz -musitó la mujer- No puedo explicar bien por qué hago ésto, pero te amo y te amo. No lo entiendes.
El hombre prendió la luz por unos segundos, como si hubiese deseado ver su rostro antes que se marchara. La apagó y al darse media vuelta le dijo "Con el amor no hay moral que prevalezca, ni destino incorrecto. Tu mejilla te dio algo que todos creyeron pernicioso y poco ortodoxo, mas tu lo deseabas, tu corrupción, tu endeble figura entendida, ahora quieres ser humana como el resto de las personas, pero jamás conocerás el amor".
Los gatos se colaban en el entretecho, los maullidos, saber el dolor y el deleite que consistía el sexo entre los animales. Lilith había sido la única mujer fértil, y eso había sido suficiente para que su figura se manchara de pensamientos.

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